Ay profe, mañana no voy a estar.
¿Como así M., qué pasa?
Es que me falta demasiado por aprender, ya sé que no voy a aprobar.
Esta conversación ocurrió de verdad: la noche antes del examen final, M. no quería presentarse
porque pensaba que no estaba preparada. Hablamos un rato y traté de convencerla al menos de
intentarlo. Al día siguiente fue, y aprobó el examen. En estos meses me he acostumbrado a recibir
mensajes así a cualquier hora del día y de la noche. Audios, preguntas, solicitudes, a veces solo
un saludo. Me dicen “profe”, aunque yo no soy el profesor. Al principio me hacía gracia, pero
con el tiempo entendí que es una forma de acortar distancias, una manera de decir: contigo puedo
hablar.
En Medellín trabajamos con jóvenes entre los 18 y los 28 años en condición de vulnerabilidad
socioeconómica, ofreciendo un proceso de formación en cafetería y barismo. El curso combina
teoría y práctica: desde las bases de la preparación del café hasta el uso de la máquina espresso,
con módulos de inglés básico y orientación laboral, hasta la posibilidad de realizar una práctica en
una cafetería de la ciudad. Muchos de ellos no estudian ni trabajan, otros trabajan sin contrato, al
día, sin estabilidad. Para ellos el futuro es algo que se pospone, demasiado lejano o difícil de
imaginar. Sin embargo, cuando entran al aula algo cambia: siguen, toman apuntes, hacen
preguntas. No es tanto el interés por el café en sí, sino el hecho de tener un espacio donde
aprender algo concreto y útil.
En Colombia el café es parte de la vida cotidiana. En cada esquina se toma tinto: se ofrece al
llegar a una casa, se toma en la mañana, en el trabajo o mientras se espera. Es un gesto simple que
atraviesa las relaciones. Tradicionalmente se prepara con la pasilla, osea los granos descartados
de la producción, los que no son suficientemente “perfectos” para exportar. Aun así, es el café
que acompaña encuentros, pausas y conversaciones.
Dentro de esta cotidianidad aparece también el trabajo: el sector de cafeterías está creciendo y
hay una demanda real de personal capacitado. Trabajamos con el café no porque sea una pasión,
sino porque es un oficio, y aprenderlo puede abrir una posibilidad concreta. Ahí también hay una
contradicción: un país que produce uno de los mejores cafés del mundo, pero donde lo que queda
muchas veces es lo menos valorado. Desde ahí parte nuestro trabajo: usar algo que ya existe para
abrir nuevas oportunidades.
El objetivo es claro: que estos jóvenes aprendan un oficio y encuentren un trabajo formal en poco
tiempo. Una parte de mi trabajo no se ve: procesos de selección, inscripciones, documentos,
reembolsos, cronogramas. Coordino para que todo funcione. Pero hay otra parte más importante:
estar en el aula, acompañar, resolver dudas, escuchar. Sigo a los jóvenes desde la entrevista hasta
la práctica laboral. Es ahí donde se ve si algo cambia.
M. aprobó el examen porque sabía, pero lo importante es que decidió presentarse a pesar del
miedo. La próxima vez, tal vez ese miedo pese menos. El cambio se ve en los detalles: en los
mensajes, en las preguntas, en los relatos de trabajo. También en momentos simples, como entrar
a una cafetería y encontrar a alguien que pasó por el curso.
En ese momento no hay mucho por decir.
Se toma un café, se habla un poco, y se entiende que algo empezó a moverse.

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