
“Hola, soy Paola, tengo 29 años, soy italiana, perdón por mi español, estoy acá en Medellín
por un proyecto de voluntariado”.
Esta es la frase que más he repetido en estos primeros dos meses en Medellín: a colegas,
taxistas, personas que he conocido en algún bar. Una forma un poco torpe de decir, con el
poco español que sé, quién soy, y al mismo tiempo recordármelo a mí misma.
Llegué a Medellín hace poco más de dos meses. Estoy acá con el proyecto de Servicio Civil
Universal “Cascos Blancos por la Inclusión de Personas en Situación de Fragilidad” de
ENGIM, y estoy en Colombia, en Medellín.
Esto también, a veces, me lo repito: estoy en Colombia, en Medellín.
La Sierra es un barrio construido en el costado oriental de la ciudad, sobre la ladera de una
de las montañas que marcan sus límites: el centro está en la parte más baja del valle y, a
los lados, se extienden los barrios.
Casi todos los días, para llegar a la oficina de ENGIM y al Centro Juvenil donde trabajamos,
subo a La Sierra en el metrocable, un sistema de teleférico urbano que conecta el barrio con
el centro de la ciudad. Dentro de una cápsula metálica, con los vidrios un poco sucios,
sobrevuelvo un prado de casas de ladrillo rojo y cemento a la vista: una extensión de calles
estrechas, escuelas, canchas de asfalto y pueblo, el pueblo de Medellín que recorre esas
callecitas, que juega en las canchas, que escucha música a todo volumen y que construye.
Acá en Medellín, de alguna manera, siempre se está construyendo.
Las casas parecen dibujos de niños hechos realidad: ladrillo sobre ladrillo, un poco torcidas
pero resistentes, siempre en transformación. ¿Quieres una terraza? La construyes.
¿Quieres un cuarto más para tu hijo? Lo construyes. Se unen y se confunden como piezas
de Tetris. Las calles son estrechas y empinadas, hay muchísimas escaleras, porque la
ciudad crece hacia arriba, y las calles se ramifican como las ramas de un enorme arbusto.
La vista desde el metrocable fue uno de mis primeros contactos con Medellín: un punto de
vista sin duda particular, pero que, para quien sabe escucharlo, se convierte en un gran
ejercicio. Cada detalle de ese rompecabezas que se despliega bajo la cabina deja imaginar
historias infinitas, que poco a poco empiezas a conocer cuando el recorrido termina y
vuelves a poner los pies en la tierra.
La Sierra, en la década pasada, vivió un periodo de fuerte violencia a causa del conflicto
armado. ENGIM, y en consecuencia nosotros como voluntarios del servicio civil, trabajamos
junto a la congregación en el Centro Juvenil, un espacio creado en 2019 para acoger y
realizar actividades educativas con niños, niñas y jóvenes.
El camino desde el metrocable hasta el centro está lleno de tienditas, afuera de las cuales
conversan los habitantes del barrio. Tengo que estar atenta a las motos y a los buses que
pasan rápido por la calle. La gente me mira, yo camino, miro alrededor y saludo a quien
cruza mi mirada.
Cuando, en los primeros días, nos hablaron de La Sierra, nos dijeron que nuestra presencia
no es algo obvio, que por la historia que ha vivido y la que aún vive, la acogida y el
encuentro con los lugares y con la gente deben ser muy cuidadosos y lentos. ¿Quiénes
somos nosotros para entrar en una página tan delicada de esta historia? ¿Y cómo
entramos?
El Centro Juvenil es frecuentado por niños, niñas y jóvenes del barrio. Cuando llegamos,
siempre nos reciben con saltos y abrazos. Es bonito ver cómo ellos y ellas están
acostumbrados a conocer cada año voluntarios y voluntarias italianas diferentes. Somos
una especie de atracción, personajes con camiseta azul dentro de un juego. Con ellos
jugamos, proponemos actividades educativas, escuchamos historias de la vida cotidiana. A
través de los niños y las niñas conocemos a la comunidad; con la comunidad
intercambiamos palabras y relatos.
Las preguntas que nacen de estos encuentros son nuestro trabajo más exigente y también
lo que más le debemos a La Sierra y, en general, a la ciudad.
Medellín cuenta sus historias a través del ruido y de la música, a través de las personas
mayores y de los niños. Escucharlas no siempre es fácil: requiere la misma atención a los
detalles que el metrocable. Lo que parece superficial es en realidad profundo, arraigado en
la tierra de los cafetales; y lo que parece caótico es un movimiento rítmico, un canto popular.
Han pasado dos meses desde mi llegada y, a veces, todavía me repito: “estás en Colombia,
en Medellín”.
En estos días, en los que en Italia, en casa, nos enfrentamos a noticias de destrucción, a
una cultura que borra la profundidad, cuando el mundo parece incapaz de reconocer al otro,
me encuentro a mí misma en lo que estoy haciendo acá.
Somos, nosotros los voluntarios y las voluntarias, representantes de paz en el mundo, y
Medellín nos enseña que la paz no se inventa: se construye sobre raíces dañadas; que el
dolor no se borra, pero la comunidad sana las cicatrices.
Quien, con esfuerzo, reconstruye, repara.

