Cuando llegué a La Sierra tuve la sensación de regresar a un lugar que nunca había
visto, pero que de algún modo conocía desde siempre. Las calles empinadas, las
voces que se entrelazan, las casas de colores apoyadas unas contra otras… todo me
hablaba de hogar. Y en medio de esos colores, de ese ritmo tan vivo, reconocí a
Albania.
No nací allí, pero Albania siempre ha vivido dentro de mí. Soy hija de inmigrantes, y
en mi casa siempre se habló albanés, con el orgullo de quien ha cruzado el mar
llevando sus raíces en el corazón. Cada verano volvía a Albania durante tres meses
enteros: tres meses de cielos inmensos, de cigarras cantando, de mujeres
conversando de ventana a ventana, de niños descalzos corriendo por la calle. Allí
aprendí lo que significa comunidad: esa que te acoge y te incluye sin pedirte nada a
cambio. Y cuando llegué a La Sierra sentí la misma energía, el mismo calor humano.
Ahora mis días transcurren entre La Sierra y Altos de la Torre. Una vez por semana
subo hasta Altos de la Torre, después de mil escaleras, entre sonrisas, música y voces
que se llaman de una casa a otra. Primero trabajo en el Comedor, con Fanny y las
cocineras. Siempre hay olor a arroz, a especias, a vida compartida. Las mujeres
bromean, cuentan historias, se ríen de mí y luego me abrazan fuerte. Con ellas
entendí que cocinar es un gesto de amor, que alimentar a una comunidad significa
construir paz plato a plato.
Después del almuerzo subo un poco más, hacia la Biblioteca Escuelita de la Paz,
donde Rigoberto me espera. Cada vez que llego me pregunta, lleno de curiosidad:
“Martina, ¿cómo es Albania?”. Y yo sonrío, porque sé que nunca podré explicársela
del todo. Le hablo del mar, de las colinas y de los cafés interminables compartidos
con amigos. Él escucha y reconoce mucho de la cultura colombiana cuando le cuento
sobre la albanesa. Escucha, y a nuestro alrededor los niños vienen corriendo hacia
mí con esa alegría espontánea que tienen cada vez que llego. Son curiosos,
cariñosos, llenos de entusiasmo. Y entre todos los momentos que vivo con ellos, hay
uno que llevo en el corazón más que ningún otro: la oración terapia.
Rigoberto guía una oración suave y profunda, y por unos minutos parece que todo
se detuviera. Estamos allí, unidos, niños y voluntarios, como si un mismo respiro
pasara de uno a otro. Es un instante de conexión real, simple pero poderosísimo.
Después de la oración comenzamos la actividad que preparamos los voluntarios, y
me gusta verlos concentrarse, reír, preguntar, intentar. Luego llega la abrazoterapia:
diez minutos de abrazos, agradecimientos, pequeños gestos de afecto que
reconfortan más que cualquier palabra.

Justo allí propuse una de las actividades a las que más cariño le tengo: el Paz-Aporte.
Un pequeño pasaporte lleno de colores, sellos y países lejanos. Entre sus páginas
están Albania y Venezuela, pero también muchos otros lugares que vale la pena
conocer e imaginar. Lo pensé para que pudieran “viajar” incluso quedándose aquí,
para que comprendieran que el mundo es grande y que cada cultura lleva consigo
algo valioso. Creo que eso también forma parte de mi tarea: abrir pequeñas
ventanas, ofrecer nuevos puntos de vista. Ayudar a los niños a ver que las diferencias
no son obstáculos, sino puentes que acercan.
Quizás lo siento tan intensamente porque yo también crecí entre dos mundos y
aprendí a hacer convivir dentro de mí identidades distintas. Cuando los veo hojear
ese pasaporte, sonreír, hacer preguntas e imaginar otros países, siento que ese
puente pasa también a través de ellos. En esas miradas curiosas vuelvo a ver un poco
a la niña que fui: dividida y unida al mismo tiempo. Y entonces comprendo que todo
esto realmente tiene sentido: compartir mis raíces para acompañar a alguien en el
descubrimiento de las suyas.
En La Sierra entendí que la cercanía no nace de grandes palabras, sino de las
sencillas. Soy muy buena en el chisme, esos chismes cariñosos que aquí parecen un
lenguaje del amor. Amo escuchar, reír, bromear, hablar con todos. Las personas se
confían a mí; me cuentan todo: miedos, sueños, dificultades. Y yo estoy ahí,
presente, sin juzgar. Y a veces, mientras escucho, siento que estoy de nuevo en
Albania, sentada afuera de la casa de mi abuela, hablando con las mujeres del
vecindario de las mismas cosas, con la misma ternura y complicidad. Es como si dos
mundos lejanos se tocaran a través de las palabras.
Estar aquí me ha enseñado que las raíces no son cadenas, sino puentes. Que se
puede pertenecer a muchos lugares y amarlos a todos de la misma manera. He
comprendido que la paz no es una idea abstracta, sino que nace de las manos que
cocinan, de los ojos que escuchan, de la confianza que crece día tras día.
Mi servicio civil no es solo una experiencia: es un regreso a casa, incluso estando al
otro lado del mundo. Y cada vez que miro el paisaje desde Altos de la Torre pienso
en Albania, en mi infancia, en esos veranos largos y luminosos. Siento que nunca
dejé de pertenecer. Colombia me recordó quién soy: una joven con dos raíces y un
solo corazón, capaz de reconocer el amor allí donde hay vida. Y tal vez, en algún
lugar lejano, también Albania sonríe, al ver que su esencia sigue viva aquí, entre las
colinas, los aromas y las voces del barrio.

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