Cuando no lograba comprender cómo se sentía otra persona en la vida, siempre pensaba en la frase que me decían mis padres: “trata de ponerte en sus zapatos”. Durante muchos años esa frase funcionó; me parecía suficiente para acercarme a los demás, para intuir emociones y experiencias diferentes a las mías, hasta que empecé a salir de mi pequeño mundo. Pero aún más, hasta que llegué a Colombia, a Medellín, a la Sierra y a las casas de acogida.
Cuando me encomendaron la tarea de apoyar las actividades de los cursos de formación para madres adolescentes que se encuentran en la Casa de la Divina Providencia en Medellín, no me había dado cuenta de la realidad que iba a conocer.
Educadoras, pedagogas, la hermana encargada de la institución, chicas de entre 13 y 21 años, olor a leche y a recién nacidos, cobijas regadas por el salón, juguetes, llanto de bebés, canciones infantiles, miradas cansadas, miradas curiosas y otras aún llenas de energía.
Las historias de estas jóvenes son demasiado grandes, demasiado complejas para comprenderlas por completo: algunas han conocido la violencia, el abuso, el desplazamiento forzado; otras se prostituyeron desde niñas o fueron reclutadas por grupos armados. Sin embargo, todas comparten algo: son jóvenes, son madres y cargan sobre sí un peso más grande que su edad.
A. es una adolescente venezolana migrante que se convirtió en madre a los quince años. Tiene un trastorno de aprendizaje, no tiene padres y, en su vida, el único trabajo que ha realizado ha sido el de prostituta. No sabe escribir bien y también tiene dificultades para leer. En la institución donde vive han tenido que suministrarle medicamentos para calmar la ansiedad. Por el momento, los servicios sociales le quitaron a su hija porque consideraron que no estaba en capacidad de cuidarla. Tal vez pueda recuperarla si su estado de salud y sus capacidades como madre mejoran.
M.A. es una joven de quince años, colombiana de Medellín. Siempre es amable y sonriente y hace dos meses se convirtió en madre. No conozco su historia personal, pero a menudo viene a hablar conmigo. Un día llegó más triste de lo habitual y me contó:
“La psicóloga me quiere dar melatonina porque no duermo. En las noches me da ansiedad y no logro quedarme dormida. Pero no quiero tomar la pastilla, además porque ya estoy tomando otra para la ansiedad. Ella dice que estoy deprimida… pero ¿qué es la depresión? Yo realmente no lo sé. Solo siento que a veces me dan ganas de llorar sin razón”.
Y. es una joven de dieciocho años, originaria del Chocó, una región occidental de Colombia fuertemente marcada por el conflicto armado y caracterizada por altos niveles de vulnerabilidad y pobreza en comparación con otras zonas del país. Vive en la comunidad desde hace muchos años, creo que alrededor de tres, desde que nació su hija. El padre de la niña la violó, pero ella dice que “se lo merecía”. Después de tanto tiempo en la institución, parece casi no recordar qué hay fuera de ese lugar. No quiere salir de ese mundo porque tiene miedo de lo que pueda encontrar.
Empezó a trabajar en eventos como barista gracias al curso de cafetería que hicimos, pero vi la alegría y el terror en sus ojos cuando me decía que le daba ansiedad volver a relacionarse con el público, volver a ver personas fuera de las que viven en la institución.
L. tiene 21 años y es madre de una niña de 7. No ve a su madre desde hace 16 años, mientras que su padre tiene problemas de salud; además, L. tiene un nivel de alfabetización muy bajo. Al principio llegaba a las clases de inglés siempre triste, desmotivada y encerrada en sí misma. Repetía con frecuencia: “Yo no puedo aprender inglés, no soy capaz”. Buscaba de todas las maneras evitar las clases y a menudo teníamos que llamarla para animarla a participar.
Un día, L. me dijo que se sentía mal, que se sentía triste, sin ganas de vivir. Gracias a la beca de trabajo, L. comenzó a trabajar con Juguemos en el Bosque y recuerdo la felicidad en su rostro cuando me abrazó y me dijo: “por fin puedo hacerle un regalo a mi hija”. Ahora, cada vez que me ve, después de meses encerrada en sí misma, me abraza y me dice “gracias”.
Con ellas entendí que no siempre es posible realmente “ponerse en los zapatos” de otra persona, porque existen historias demasiado lejanas, experiencias que nunca había conocido en mi vida.
Frente a ellas, me di cuenta de que no puedo, y tal vez no hace falta, entenderlo todo. Lo único que puedo hacer es preguntarme qué lugar puedo tener en su trayectoria de vida, si puedo ofrecer algo, aunque sea pequeño. Y al mismo tiempo, entender que yo también estoy aprendiendo, que estoy creciendo al ver su fuerza para ser madres siendo tan jóvenes, su cuidado hacia sus hijos; intentando no dejarme arrastrar emocionalmente, sino aprendiendo a mantener la distancia emocional necesaria para no cargar aún más sus vidas.
No siempre hace falta sentir lástima o tratar de comprender o hacer nuestro cada dolor: a veces basta con quedarse, escuchar, estar presentes, actuar.
A menudo recuerdo una frase de Jack London, en su novela Martin Eden: “todos somos iguales bajo la piel”. Podemos venir de lugares diferentes, hablar idiomas distintos, pertenecer a realidades lejanas entre sí. Y aun así, más allá de todo eso, lo que realmente importa es algo simple y fundamental: todos somos seres humanos.
Y eso, por sí solo, debería bastar para cuidarnos unos a otros.

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